“Todo lo sólido se desvanece en el aire”. Hace tiempo esta frase llegó a mi vida tras la lectura del libro, así titulado, de Marshall Bergman. Pero ahora se me ocurre aplicarla, sin permiso de su autor original[1], al pensar que, en efecto, lo que comemos animales de dos y cuatro patas, se trasforma en una palabra volátil que prefiero no escribir para no perder el estilo.